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El fenómeno de los juegos del hambre y la civilización del espectáculo

El séptimo arte tiene la gran ventaja de que puede adelantarse a nuestro tiempo, y mostrarnos posibles visiones del futuro de la humanidad. Es fantástico como la gran pantalla del cine se convierte en la superficie de una bola de cristal en manos de una vidente. Desde miles de versiones de historias en las que robots dominan un mundo poblado de humanos obesos y sedentarios, pasando por especulaciones sobre el fin de los días e invasiones  de los extraterrestres, Hollywood lo ha hecho todo. O al menos eso creíamos, hasta que llegó “Los Juegos de Hambre”, una historia clásica de rebelión social con un twist genial que la liga directamente con el mayor mal de la sociedad posmoderna: el culto al espectáculo. Hablo como si Hollywood hubiese sido el autor de la historia de los Juegos del Hambre porque debo admitir que así fue para mí, yo no me leí los libros en los que se basa al largometraje, es más, tan poco era mi interés en el tema que fui a ver la segunda película en el cine si...

Un mes, dos semanas y un día.

Un mes, dos semanas, y un día, es el tiempo que llevo sin escribir. Y se los juro ya me estaba empezando un tic en el ojo. Para más colmo, los últimos cinco días me vi obligada a ignorar todas las ideas que mi cerebro había almacenado de una manera testaruda durante todo ese tiempo en el que no las pude escribir, por el bien de mi carrera. Les explico: pasé cuatro días y tres horas sometida al más estricto régimen prusiano con el único objetivo de hacer la entrega final de diseño. –Sin duda mis compañeros de arquitectura entenderán la gravedad del asunto- Señores, eso es lo que hay que hacer para no trasnocharse dibujando planos o cortando escalones: trabajé de 7 de la mañana a 11 de la noche sin excepción durante cuatro días; para cada día elaboré una lista en orden prioritario con cosas que hacer. Limité las movilizaciones hasta tal punto que en los cuatro días sólo salí dos veces: una vez a misa y otra vez para comprar materiales para construir la maqueta, de resto caminé de mi cua...

Por qué amamos las novelas de Jane Austen

He tratado de pensar en una manera de escribir sobre este tema sin que todo lo que diga suene cliché. Pues, lamento informarles que no creo que pueda. Verán, cuando se trata de las novelas de Jane Austen, soy como cualquier otra chica, romanticona y cursi. No hay remedio.  ¡Es más!, debería odiar a Jane Austen porque saca a relucir mi lado más ridículo. Pero bueno, ¡¿qué se puede hacer?! Al fin y al cabo nadie se salva de sufrir un eventual episodio de cursilería aguda. Ya es hora de admitirlo. Mi madre nunca ha entendido mi adoración por dichas novelas, le parece inaudito que me interesen las historias de una época en la que las mujeres aún eran un cero a la izquierda. El matrimonio no era una opción, era la única salida que te aseguraba una vida digna. Las niñas eran criadas con el único propósito de enseñarles lo necesario para que pudieran conquistar a un hombre de buena posición. Tocar piano, bordar cojines, dibujar, verse bonitas, tener los cachetes ruborizados siempre, ...

El ocaso es cuestión de vida o muerte

Dicen que la mejor hora para suicidarse es a las cinco de la tarde de un domingo. Yo, creyente empedernida, optimista sin remedio, creo que las cinco de la tarde de cualquier día es el momento más hermoso que se puede vivir. Pero si he de morir, que en efecto así será, me gustaría morir a las cinco de la tarde, como muere el sol, para nacer en el ocaso. Al fin podré dejar mi hipocresía con el oriente y me uniré al él. Hablar de la muerte es una pretensión de los vivos; no hay nada más humano que la muerte, y no hay nada más divino que vivir hablando de la muerte. Respiro profundo, y tomo conciencia de la tensión que hay en mi columna; me siento más humana que nunca. Cuando estoy sentada frente al manubrio, con los lentes de pasta rosando ligeramente mis mejillas, me acomodo en el asiento de textil sintético seguramente hecho en China o en Taiwán, para alejar mi espalda del material y disipar el calor de mi cuerpo. Escudriño la lista de canciones, con esperanzas de toparme con ...

Reflexión sobre la sociedad venezolana

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Una vez el profesor y arquitecto Henry Rueda, hablando sobre los arquitectos venezolanos más destacados en los últimos tiempos, dijo, casi a modo de una reflexión en voz alta, que la mayoría de ellos empiezan a ejercer la profesión con energía y buenas ideas, no obstante “viven un ocaso al final de su carrera”. Y puso como ejemplo a Fruto Vivas. Y es cierto, con sólo poner una foto del Club Táchira (1955) codo a codo con una foto del pabellón de Venezuela del año 2000 (obra conocida como La Flor de Venezuela), es suficiente para estar convencido de sus palabras. Club Táchira (1955)                                                           Flor de Venezuela (2000) Esa idea se quedó en mi cabeza dando vueltas… ¿pero por qué ocurre ese fenómeno? ¿A dónde se va el talento y la sensatez? Buscando la respuesta, empecé a inventar hipót...

El teatro de la crisis

Yo no sé ustedes pero yo creo que los venezolanos somos inteligentes; además de ser gente bonchona, por supuesto, que disfrutamos de una buena carcajada con los amigos. Es sabido que en tiempos de crisis es que aflora la creatividad, y nosotros los venezolanos, más que nadie sabemos que el buen humor es una herramienta muy valiosa.  Como si se tratara de una risoterapia grupal, acudimos al teatro. Es evidente que en estos últimos años ha aumentado la producción de obras de una manera impresionante. Y me parece genial, entretenimiento hecho por venezolanos para venezolanos. Pero lo que no me parece es que se vuelva tan sólo un negocio. Sé que estamos en el siglo del entretenimiento para las masas, pero admítanlo, ya se vuelve aburrido cuando todas las obras de teatro son la misma cosa, ¿no creen? La cartelera teatral en este momento se resume en cuatro palabras: parejas, divorcio, sexo y alcohol. Si, es cómico, es anecdótico, pero raya en la mediocridad. No hay razón para subestima...

Noches de dictadura: la madrugada del 6 de abril

¿Por qué será que me cuesta tanto escribir de cosas que me disgustan? Mi predilección por lo lindo, lo cuchi, lo agradable llega hasta tal punto que he convertido conscientemente a la tristeza en melancolía. (Si tienen que haber amargura en la vida, al menos que sea “bitter-sweet”). Lo mismo me pasa con el resto de las artes: no soporto escuchar una canción perturbadora, sostengo  cual mandamiento que “sólo voy al cine para ver algo que me alegre la vida”, y jamás he pintado algo que me parezca feo. No le veo sentido a sufrir porque sí. Pero hoy, con mucho esfuerzo, escribiré sobre un tema que me disgusta; les relataré un recuerdo de mi vida reciente, porque creo que es importante que se sepa lo que está pasando en mi país, es importante dar a conocer esta historia. El día que abrí este blog no fue cualquier día. No por azar mi primera entrada empieza con “ Cuando repican duro … ¿las campanas o las cacerolas ?   Ese día, el pasado sábado 6 de abril, a las 4:53 a.m. es...