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Lo que no está en el manual

En una de las bibliotecas de mi casa en Caracas, resiste erguido como un soldadito un pequeño libro titulado “If life is a game, these are the rules” ( si la vida es un juego, éstas son las reglas ) recuerdo pasar sus páginas saltándome los largos párrafos -que me parecían insoportablemente aburridos- y leyendo solo las frases de personajes célebres que hacen las veces de interludio entre los capítulos. Siempre puse en duda la exactitud que pudieran tener los consejos de dicho libro, me preguntaba si era posible que tuviera la respuesta exacta para cualquier problema o situación específica que se me presentara en la vida. Como el ser racional que soy, siempre espero una respuesta exacta, un resultado concreto, como cuando 2 + 2 da 4 y no cabe duda que da 4. Pero en mis escasos 23 años de vida he aprendido que las cosas casi nunca funcionan así, y cada vez que lo compruebo en carne propia es como si la vida me diera una cachetada y me dijera: “No, no es como tu creías, pero mira, ¡...

Cuentos de Tata II

La casa de Tata era un lugar intimidante en muchas maneras para una niña correcta de nueve años: los muebles eran pesados en masa y estilo, con altos espaldares de colores sombríos y textura áspera. Las camas rechinaban como si se quejaran de tu peso sobre ellas cada vez que te recostabas, y hacían que tu espalda tomara una curvatura sin precedentes. Los gabinetes de la cocina estaban infestados de cucarachas de dimensiones dignas de un clima tropical, e incluso algunas eran voladoras. La casa estaba conformada por tres plantas, de las cuales dos eran un misterio para mí en aquel entonces: la planta inferior tenía un amplio jardín, que con los escasos cuidados de mi abuela parecía más bien una selva; había una mata de mango inmensa en el medio del espacio, y que yo supiera, moraban por ahí un morrocoy anciano y un conejo blanco. La planta alta estaba en desuso, y fuera del alcance de los niños, y según mi abuela se podía llegar hasta el techo, a través de una pequeña terraza escondi...

Cuentos de Tata

Desde muy corta edad supe que quería ser escritora, y a eso de los 16 años ya sabía sobre qué quería escribir: quería contar la historia de mi abuela. Una tarde decidí entonces tomarme el asunto de mi futura carrera en serio, y agarrar al toro por los cuernos: con mi usual lógica y estilo académico pensé que lo mejor era empezar haciendo una investigación. Así que, con la más noble determinación,- digo noble porque lo que me movía era una fuerte admiración por el personaje de mi abuela - busqué un cuaderno que tuviera espacio libre para tomar notas, fui a casa de mi abuela y me senté en el porche junto con ella a escuchar la narración de su autobiografía. Recuerdo haberme quedado atónita cuando con total naturalidad mi abuela me empezó a hablar de casas que nadaban en el agua, hombres que se los habían llevado el mismo diablo a caballo, de animales que creía que no existían en el planeta tierra, y de extrañas enfermedades que machaban la piel de tornasol. Era casi como oír una his...

Dentro de la caja negra

Hace unos días fu al teatro de Chacao a ver Crimen y Castigo, una adaptación del clásico de Dostoievski. Aunque debo admitir que mi principal motivación para asistir era conocer los espacios del centro cultural Chacao, diseñado por el arquitecto Micucci, la obra de teatro que usé como excusa para ir no fue ninguna decepción. Hubo algunas cosas de la adaptación que no me gustaron mucho, y una que otra escena que hubiera recortado o incluso eliminado, pero quisiera hacer hincapié en las cosas positivas: las tres actuaciones principales me parecieron bastante buenas, en especial la interpretación del inspector, que sin duda fue lo más genial de la obra junto con la música, la cual me resultó verdaderamente impactante, y siento que ayuda mucho a crear un aire de tensión que acompaña las acciones del protagonista. En términos generales me pareció una buena obra y por supuesto súper interesante. Pero mientras bajaba las oscuras y estrechas escaleras del balcón, tomé una resolución: NO...

El azar

Por la ventana, veo en el suelo nevado una minúscula rana. Parpadea un ojo y abre de par en par el otro. Me observa sin moverse. Comprendo que se trata de Dios. Se manifiesta a mí bajo esta forma y mira si he comprendido. (…) No existen los milagros, he aquí lo que Dios me ha dicho, a mí, eternamente insatisfecho. Le hago la pregunta: En ese caso, ¿queda aún algo por buscar? Todo está en calma alrededor. Cae la nieve en silencio. Estoy sorprendido por esta calma. Una calma paradisíaca. Ninguna alegría. La alegría no existe más que en relación a la tristeza. Sólo cae la nieve. (…) Aparentar que se comprende, pero de hecho no comprender nada. En realidad, no comprendo nada, pura y simplemente nada. Así es. -Extracto de la novela “La Montaña de Alma” de Gao Xingjian Estoy empezando a creer en el azar. No porque piense que la vida es azar, sino porque nuestra ceguera nos hace creer que lo es. Los eventos de nuestra vida se nos presentan como una serie de ...

Mi experiencia como misionera católica

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Cuando me preguntan de qué temas suelo escribir, simplemente respondo: “de cualquier cosa que me apasione” Pero hay una cosa que me apasiona, que me fascina, que me ha cambiado la vida, de la que no había escrito hasta ahora: me refiero a la experiencia de irme de Misiones en Semana Santa. Sí, soy católica, y lo digo con una sonrisa de oreja a oreja. Se los puedo asegurar: lo mejor que he hecho en mi vida entera ha sido irme de misiones en Semana Santa. Este año ya fue la tercera vez que me fui de misiones. Y al comentarle eso a una compañera en el primer día, ella, que era nueva en todo esto, me preguntó con una cara de susto e intriga: “¿y qué te hizo volver?” Yo me abalancé a responderle con un entusiasmo que, en retrospectiva pienso que le habrá resultado un poco raro y exagerado. Recuerdo que le dije algo así: “Porque ya sentía que lo necesitaba, la última vez que me fui de misiones fue en el año 2011, y fue LO MÁXIMO; necesito volver a sentir que estoy haciendo algo por los ...

Realismo Mágico

Hace uno días me enteré de que Gabriel García Márquez esta languideciendo en manos de la demencia senil, a sus 87 años de edad. De tan laureado autor me he leído apenas dos libros: a mediados del bachillerato me leí El General en su Laberinto , y más adelante, en cuarto año nos mandaron a leer su obra maestra: Cien Años de Soledad . Los libros son una cosa curiosa, uno cree que son objetos inanimados, pero resulta que a medida que uno los va leyendo, tocando y saboreando palabra por palabra, las hojas cobran vida, la carátula se rebela, y el forro se libera del resto del cuerpo. La edición que me compré de El General en su Laberinto era de tapa dura con un forro plástico, tenía la imagen de una hamaca de un color blanco amarillento sobre un fondo oscuro, y unas botas negras de militar al lado izquierdo. Recuerdo que un día, después de una sesión de lectura, al cerrar el libro sentí las arrugas del forro plástico con mis dedos, noté que tenía rayones que atravesaban la hamaca y ...